02 septiembre 2026

Agresividad verbal, insultos y malas palabras asfixian al Gran Santo Domingo

  


Durante varias jornadas recorriendo las calles del Gran Santo Domingo, el diagnóstico resultó inequívoco: la vulgaridad y el lenguaje con uso de malas palabras se han afianzado como la norma de interacción social más común entre las personas, indistintamente de la edad o condición social.

Sin importar el medio de transporte,  a pie, en carro público, guagua o motoconcho, ningún ciudadano logra esquivar el constante cruce de insultos. En los sectores más populares de la capital, la agresión verbal borró cualquier barrera de nivel socioeconómico o formación académica. Lo que antes era un exceso ocasional, hoy funciona como la moneda de cambio habitual en el diálogo diario de la metrópoli.

“Este hijo de la gran puta no entiende nada de lo que se le dice. Le he dicho mil veces que no lo quiero cerca de ese delincuente, que lo único que hace es buscarse problemas”, vociferaba Ana Julia a su hijo de 12 años, a orillas del río Isabela, en el sector La Zurza.  Esta inmensa metrópoli caribeña constituye un agitado escenario habitado por transeúntes acelerados. En este dinamismo constante, cualquier rozamiento fortuito pasa velozmente del trato cordial a la agresión directa, utilizando insultos de alta vulgaridad como herramienta prioritaria para manifestar rabia, frustración o descontento.

“Usted no se imagina cómo es andar por las calles con adolescentes y niños, y que de la nada empiecen dos hombres o un hombre y una mujer a discutir con esas palabrotas que no se pueden repetir, y uno solo tener que seguir caminando como si nada. Siento vergüenza con mis hijos”, expresó Fiordalisa Ortiz, maestra de secundaria.

Comerciantes informales, alumnos, choferes de guaguas, motociclistas, mecánicos y simples caminantes participan activamente en este fenómeno destructivo. Prácticamente toda la población ha interiorizado un lenguaje tosco y humillante para resolver disputas rutinarias en el entorno urbano diario.  

Adrenalina en la cancha y violencia escolar

Para documentar la situación desde el terreno, dediqué extensas jornadas a inspeccionar sectores vulnerables, canchas comunitarias, mercados públicos y las inmediaciones de los principales centros educativos de la capital.

En improvisadas instalaciones deportivas en plena calle, donde jóvenes colocan tableros en postes de luz, presencié cómo muchachos de doce a veinticuatro años arreglan sus desacuerdos de juego recurriendo al insulto violento como único mecanismo aceptado de protesta.

“¡Tu maldita madrea! Te la das en guapo y no aguantas ni un empujón”, le gritaba un joven a su rival tras una jugada disputada en una cancha barrial.  A la hora de salida en las escuelas y liceos públicos, la atmósfera se vuelve tensa e impredecible. Estudiantes de ambos sexos, fuertemente influenciados por contenidos de internet, inician enfrentamientos verbales con groserías extremas que con frecuencia derivan en peleas físicas sobre las aceras.

“Dile eso de nuevo a mi mamá para que veas cómo te rompo la boca aquí mismo”......respondió una niña a otro compañero a la salida de una escuela.

Permanecer cerca de los liceos al finalizar las clases evidencia la magnitud de esta degradación cultural. Los alumnos conversan utilizando jerga extraída directamente de la música urbana, demostrando cómo la vulgaridad del entorno callejero desplazó por completo la educación escolar recibida. 

El caos de la calle y el tránsito

Las raíces profundas de esta agresión verbal radican en el agobiante estrés generado por la rutina de la ciudad. El denso tráfico, las elevadas temperaturas y el ruido constante producen un estado de irritabilidad permanente entre conductores y peatones.

“Quítate del medio”, vociferaba un guagüero a un peatón que intentaba cruzar por el paso cebra.

“¿Coño, vas a dejar que se te meta ese pendejo alante?”,  le recriminó metros más adelante el cobrador de una ruta de transporte al chofer del vehículo, incitándolo a cerrar el paso agresivamente.

La escasez de formación vial y la impunidad imperante convierte cada desplazamiento en un conflicto permanente. Ante la menor imprudencia de tránsito, las palabras ofensivas emergen de inmediato como un escudo defensivo para imponer dominio, infundir temor o evitar abusos de terceros.

En colmados y mercados populares, el choque de palabras es igualmente cotidiano:

“Oye, buen pendejo,  yo estaba primero en la fila. No te me vayas a querer pasar de vivo”, reclamó un comprador en el Mercado Nuevo.

Este comportamiento agresivo refleja un evidente agotamiento emocional frente a las presiones económicas cotidianas. La sobrepoblación en sectores marginales y la falta de espacios recreativos provocan que las frustraciones individuales exploten verbalmente dentro de la convivencia comunitaria.  

El micrófono fuera de control

Por razones de tiempo omití monitorear ciertos espacios de la televisión local para evaluar el lenguaje empleado por sus presentadores. Sin embargo, al sintonizar la radio convencional, confirmé la presencia recurrente de un vocabulario grotesco en boca de figuras reconocidas.

Muchos locutores intentan justificar sus excesos verbales alegando momentos de tensión o rabia repentina durante sus programas. No obstante, el verdadero origen de esta contaminación masiva proviene de las transmisiones por streaming y podcasts digitales que operan libremente en las plataformas de internet.

En dichos canales virtuales circula diariamente un torrente inagotable de términos groseros bajo la excusa de ser programas dirigidos a un público adulto. Esta falta de regulación promueve el deterioro acelerado de los valores de respeto dentro del diálogo social dominicano.

El país sufre un retroceso en la observancia de normas elementales de educación pública. La rápida expansión de este comportamiento se afianzó fuertemente durante la última década gracias al auge desmedido de contenidos digitales producidos sin moderación, pudor ni límites éticos.

Música urbana y narcoseries

La alianza entre estos medios digitales y la divulgación masiva de la música explícita agravó severamente el problema social. Manifestaciones como el dembow, el trap y el reguetón saturaron el ambiente con letras obscenas y expresiones propias del bajo mundo urbano.

Paralelamente, influye el impacto cultural derivado de las producciones audiovisuales sobre el narcotráfico. Modismos extranjeros importados de esas series televisivas lograron penetrar la cultura popular, asentándose de forma natural en el habla cotidiana de los habitantes de todas las edades.

Cultura de la agresión

La pérdida paulatina de la cordialidad en el trato cotidiano destruye peligrosamente las bases de la convivencia ciudadana. Al aceptarse la vulgaridad como norma de comunicación, desaparece la capacidad de resolver conflictos mediante la palabra pacífica, incrementando los riesgos de violencia física.

En talleres mecánicos y ambientes de trabajo informales, el improperio funciona equivocadamente como una demostración de fuerza y masculinidad. En esos lugares, el trato educado suele interpretarse como debilidad, forzando a los individuos a utilizar un vocabulario agresivo únicamente para hacerse respetar.

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