Cada 14 de febrero se repite la misma escena: flores que se marchitan en días, peluches que terminan acumulando polvo y chocolates que desaparecen en minutos. El detalle no está mal… lo que cansa es que sea exactamente el mismo de todos los años. Cuando el regalo se vuelve rutina, pierde el efecto sorpresa y se convierte en un trámite más del calendario.
