Entrar a un supermercado hoy en día se siente como entrar a una zona de guerra para el bolsillo. Ya no se trata de comprar lo que uno quiere, sino lo que se puede. Mientras los precios de la comida suben por el ascensor, los salarios parecen venir subiendo por la escalera, y a pie. Al final del día, la pregunta que se hace el dominicano no es cuánto ganó en la quincena, sino cómo va a estirar los chelitos para que el arroz y las habichuelas no falten en la mesa.
Comer bien en República Dominicana se está volviendo un lujo, cuando debería ser un derecho. Hoy, un salario mínimo no alcanza para cubrir ni la mitad de lo que una familia necesita para vivir dignamente.
Estamos viviendo en el país del ‘serrucho’ y del préstamo para poder completar la compra básica y llegar a fin de mes. Vamos a hablar claro: no podemos seguir aplaudiendo el crecimiento del país si el plato de comida de la gente humilde cada vez viene más vacío.
No podemos acostumbrarnos a ver la comida como un privilegio de pocos. Trabajar de sol a sol para seguir teniendo la nevera vacía no es ‘echar para adelante’, es una injusticia silenciosa. Si el crecimiento no se traduce en dignidad para el más vulnerable, entonces no estamos progresando, solo estamos adornando la precariedad.
Usted puede ser el más genio de la bolita del mundo, pero trate de resolver un problema sin haber desayunado… ¡no hay forma! La neurona dominicana funciona con plátano y salami; si no hay combustible en el tanque, el motor no arranca. Porque seamos claros: con hambre, no se piensa, se alucina.
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