10 agosto 2026

Descubren un nuevo factor que podría empeorar el hígado graso


Científicos encontraron que la exposición a microplásticos de polietileno puede potenciar los efectos de una dieta rica en grasas, azúcar y colesterol.

La escena es conocida: una hamburguesa, papas fritas y una gaseosa. Todo envuelto, servido o transportado en plástico. Hasta ahora, cuando se hablaba de los riesgos de esa comida, el foco estaba puesto casi siempre en lo mismo: grasas, azúcar, sal y exceso de calorías. Pero puede haber otro invitado en esa mesa.

Investigadores de la Universidad de Texas A&M, en Estados Unidos, encontraron evidencia de que el polietileno, uno de los plásticos más usados para fabricar envases y envoltorios de alimentos, podría contribuir al desarrollo del hígado graso. Y el efecto sería todavía mayor cuando la exposición a ese plástico se combina con una alimentación rica en grasas, fructosa y colesterol. En ese sentido, la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes analizó la investigación publicada en la revista científica Science Advances, que estudió los posibles efectos del polietileno sobre la salud del hígado.

El hallazgo resulta relevante porque este material forma parte de numerosos objetos de uso cotidiano: se utiliza en bolsas, films, recipientes para alimentos, envases y revestimientos de vasos descartables. Además, representa aproximadamente un tercio de la producción mundial de plástico. Durante mucho tiempo fue considerado un material relativamente inerte, es decir, con poca capacidad de producir efectos biológicos importantes. La nueva investigación pone esa idea bajo sospecha.

Cuando el plástico se suma a una mala dieta
Los microplásticos son partículas diminutas que se desprenden de distintos objetos y envases de plástico. Ya fueron detectados en el agua, el aire, los alimentos e incluso dentro del cuerpo humano. La gran incógnita es qué efectos pueden producir una vez que ingresan al organismo.

El equipo de científicos quiso responder esa pregunta poniendo el foco en el polietileno. Los resultados mostraron que la exposición a este material podía generar alteraciones vinculadas con la enfermedad del hígado graso, una afección en la que se acumula más grasa de la normal en las células hepáticas.

En sus primeras etapas, el problema puede avanzar sin dar síntomas. Pero con el tiempo puede provocar inflamación y lesiones más importantes. El dato más llamativo apareció cuando los investigadores combinaron la exposición al polietileno con una dieta rica en grasas, fructosa y colesterol. En ese escenario, las alteraciones fueron mayores. Esto sugiere que ambos factores podrían actuar de manera conjunta y potenciar sus efectos.

Llevado a la vida cotidiana, la preocupación se concentra en el patrón de alimentación conocido como dieta occidental, caracterizado por un alto consumo de productos ultraprocesados, grasas y bebidas azucaradas. Hamburguesas y gaseosas son dos ejemplos claros. Según los investigadores, una alimentación de este tipo podría aumentar el riesgo de desarrollar alteraciones asociadas con el hígado graso cuando se combina con la exposición al polietileno. Eso no significa que comer una hamburguesa servida en un envase plástico provoque la enfermedad. El planteo es otro: los factores ambientales y los hábitos alimentarios podrían actuar en conjunto y aumentar el impacto sobre el hígado.

Un mapa para ver dónde ocurre el daño
Para entender qué estaba ocurriendo dentro del hígado, los científicos utilizaron una técnica llamada transcriptómica espacial. Aunque el nombre suena complejo, la idea es bastante simple: permite observar qué genes están activos en distintas zonas de un tejido y localizar con precisión dónde se producen los cambios. Es, en otras palabras, una especie de mapa molecular.

Gracias a esta tecnología, los investigadores pudieron identificar las regiones del hígado más afectadas por la exposición al polietileno y detectar dos actores clave. Uno es PPAR-alfa, una proteína que interviene en la forma en que el hígado procesa las grasas. El otro es ANXA2, vinculado con los mecanismos de reparación de los tejidos.

Los cambios observados en estas vías podrían ayudar a explicar cómo el polietileno altera el funcionamiento del hígado. Y, al mismo tiempo, abren una nueva línea de investigación: si se logra comprender con precisión qué mecanismos están involucrados, también podría estudiarse cómo reducir o frenar esos efectos.

El próximo paso será analizar si el polietileno participa también en etapas más avanzadas de las enfermedades hepáticas, como la fibrosis, que aparece cuando un daño sostenido provoca la formación de tejido cicatricial. Además, el equipo quiere determinar si intervenir sobre la vía de PPAR-alfa podría disminuir algunas de las alteraciones detectadas.

Por ahora, los resultados deben interpretarse con cautela. El estudio no demuestra que utilizar recipientes de plástico provoque hígado graso en seres humanos, ni que una exposición cotidiana sea suficiente, por sí sola, para causar una enfermedad. Lo que sí aporta es una señal relevante: uno de los plásticos más utilizados del mundo podría tener más efectos biológicos de los que se creía, especialmente cuando se combina con otros factores de riesgo, como una alimentación poco saludable.

Con todo, durante años, la preocupación por los microplásticos estuvo centrada principalmente en la contaminación de mares, ríos y suelos. Ahora la pregunta empieza a cambiar. Ya no se trata solo de saber dónde termina todo ese plástico, sino también de entender qué puede ocurrir cuando termina dentro del cuerpo humano.

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