02 febrero 2018

Los conflictos de los que hay que estar pendientes en 2018

Las pruebas nucleares de Corea del Norte, sumadas a la oratoria beligerante de la Casa Blanca, hacen que el peligro de un enfrentamiento nuclear sea el más alto de la historia
reciente. Las pruebas nucleares de Pyongyang y el alcance de sus misiles muestran el deseo de desarrollar su programa nuclear.
La campaña de armas nucleares de Kim Jong-un se debe en parte a su miedo a que, sin ese componente disuasorio, corra peligro de verse depuesto por acciones externas, y también por amenazas internas.
Por ahora, la Casa Blanca está poniendo en práctica una estrategia de máxima presión: acorralar al Consejo de Seguridad para que imponga sanciones duras, presionar a China para que ahogue la economía de su vecino, desarrollar maniobras de la Fuerza Aérea y la Armada, y enviar señales de que no teme el enfrentamiento. A Donald Trump no le interesan las negociaciones que no incluyan la desnuclearización de Corea del Norte.
Pero esta estrategia parece ser una carrera en la que Washington tiene las de perder. Las medidas restrictivas no tendrán efecto inmediato y probablemente al último al que harán daño será al líder norcoreano. Quienes lo padecerán serán los ciudadanos. Si el Gobierno de Pyongyang se siente amenazado, se incrementan las probabilidades de un aceleramiento del desarrollo armamentístico. Corea del Sur apoya las sanciones, pero está alarmada por la posibilidad de una acción militar estadounidense. Seúl tiene escaso poder para cambiar la situación y el deseo chino de presionar a los norcoreanos está llegando a su límite. El presidente chino teme un régimen aliado de Estados Unidos a sus puertas.
Washington corre peligro de quedarse sin más solución que la acción militar. Cualquier ataque provocará sin duda una dura respuesta norcoreana. Se imaginan algún ataque contra un objetivo surcoreano, o ataque a instalaciones estadounidenses en la zona, o una serie de ciberataques.
Para tener éxito, una iniciativa diplomática tendrá que abordar dos preocupaciones: el miedo de Estados Unidos y la comunidad internacional a lo que haría el régimen de Pyongyang con un arma nuclear avanzada y el miedo del régimen a lo que ocurriría si no la tuviera.
Estados Unidos, Arabia Saudí e Irán
Esta rivalidad probablemente eclipsará todas las demás fracturas de Oriente Medio en 2018.
La estrategia de Estados Unidos y Arabia Saudí, con ayuda de los israelíes, se basa en la hipótesis de que Irán ha aprovechado la pasividad de los actores regionales e internacionales para reforzar su posición en Siria, Irak, Yemen y Líbano.
La estrategia parece incluir múltiples formas de presión para contener, agotar y hacer retroceder a Irán. Tiene una dimensión económica (sanciones de Washington), diplomática (acusaciones de Estados Unidos y Arabia Saudí sobre el comportamiento de Irán en la región) y otra militar (ejercida por Arabia Saudí en Yemen y por Israel en Siria).
Otra cosa es que vaya a funcionar. Aunque las protestas recientes en Irán han introducido una variable nueva, Teherán y sus socios parecen estar aún en una posición sólida. El régimen de Bashar al Assad, respaldado por Rusia, está ganando en Siria. En Yemen, la inversión de Teherán para apoyar a los hutíes les ha ayudado a hacer frente a la coalición dirigida por Arabia Saudí.
En cuanto al Gobierno de Trump, su negativa a certificar el acuerdo nuclear, las amenazas de nuevas sanciones y el lanzamiento de ataques contra objetivos en Siria no han servido para recortar el poder de Teherán. Con tantos puntos calientes , el peligro de escalada es grande.
Birmania y Bangladesh
La crisis de los rohinyás ha entrado en una fase nueva, que amenaza la transición democrática forjada en Birmania, su estabilidad, la de Bangladesh y la de la región.
Las presiones del Consejo de Seguridad de la ONU son críticas y los gobiernos occidentales se encaminan hacia la aprobación de sanciones. Pero no parece que estas repercutan de manera positiva. La prioridad es el derecho de los refugiados a regresar de forma voluntaria, segura y digna. Pero los refugiados no volverán mientras el país no restablezca la seguridad para todas las comunidades y permita un acceso sin restricciones a las organizaciones humanitarias y de refugiados. Los refugiados crean enormes peligros para Bangladesh.
También existen riesgos para Birmania. El Ejército de Salvación Rohinyá de Arakán (ARSA, por sus siglas en inglés) puede reagruparse y lanzar ataques al otro lado de la frontera que intensificarían las tensiones entre budistas y musulmanes.
Yemen
Con ocho millones de personas al borde de la hambruna, un millón de casos de cólera y más de tres millones de desplazados internos, la guerra de Yemen puede intensificarse aún más en 2018.
Arabia Saudí y sus aliados, convencidos de que la división entre los hutíes y el Congreso General del Pueblo ofrece nuevas oportunidades y de que sigue existiendo una solución militar, intensificarán sin duda su campaña, con enorme costo para los civiles.
Las negociaciones se han vuelto más complicadas. Los hutíes podrían adoptar una postura más inflexible. El Congreso General del Pueblo podría fragmentarse aún más. La retórica beligerante de Trump sobre Irán estimula todas las tendencias más negativas en Riad. Debería haber una nueva resolución del Consejo de Seguridad que ofrezca un acuerdo equilibrado.
Afganistán
La guerra de Afganistán tiene visos de intensificarse en 2018. La nueva estrategia de Estados Unidos consiste en elevar el ritmo de las operaciones militares contra la insurgencia talibán. El objetivo es detener el avance de los talibanes y obligarlos a alcanzar un acuerdo político. Por ahora, la estrategia es casi exclusivamente militar.
Hasta ahora las derrotas en el campo de batalla no han influido en la voluntad de negociar de los líderes talibanes. Las próximas elecciones afganas (parlamentarias en julio de 2018 y presidenciales en 2019) robarán el oxígeno a la campaña militar.
Hasta el momento, la diplomacia de Estados Unidos en la región se centraba en presionar a Pakistán, pero es poco probable que el apoyo de Islamabad a los rebeldes vaya a cambiar. Ahora, los talibanes tienen también relaciones con Irán y Rusia.
Siria
Tras casi siete años de guerra, el régimen del presidente Bashar al Assad está ganando, gracias al apoyo de Irán y Rusia. Todavía hay grandes zonas del país que no están controladas por el Gobierno, las potencias regionales e internacionales no se ponen de acuerdo y Siria está sirviendo de campo de batalla para la pelea entre Irán y sus enemigos.
Uno de los mayores peligros es la posibilidad de una ofensiva de Al Assad en el noroeste de Siria, donde las zonas controladas por los rebeldes tienen a unos dos millones de sirios, lo que causaría más destrucción y desplazamientos.
Sahel
Los débiles Estados de la región del Sahel tienen grandes dificultades para superar una mezcla de conflictos entre comunidades, violencia yihadista y disputas por las rutas de contrabando. Los saqueos de sus líderes y las respuestas militarizadas a menudo empeoran más las cosas.
Todos tienen en común la falta de autoridad de los gobiernos y su incapacidad para cortar de raíz la violencia. Las armas que inundaron la región cuando se desintegró Libia, tras la derrota de Gadafi, han hecho que las disputas locales sean más letales.
La respuesta regional e internacional se ha centrado en las soluciones militares. Los europeos ven en la región la amenaza contra su propia seguridad y una fuente de inmigración y terrorismo. Aunque la acción militar es necesaria para disminuir la influencia de los yihadistas, suscita más dudas que respuestas.
Especialistas de la región creen que los esfuerzos militares deberían ir acompañados de una estrategia política que obtenga el apoyo de las poblaciones locales para reducir tensiones.
República Democrática del Congo
El empeño del presidente Joseph Kabila por aferrarse al poder amenaza con intensificar la crisis del Congo y la situación de emergencia humanitaria. Lo más probable es que en 2018 haya un deterioro gradual. Mientras el régimen ejerce la represión, no logra asegurarse el control de varias partes del país.
El malestar popular está produciendo agitación en los centros urbanos, lo que deja varios muertos. Los combates producidos durante el pasado año dejaron más de tres mil muertos.
La intervención de la comunidad internacional ha sido deslucida. Para llevar a Kabila hacia una transición pacífica es necesaria una diplomacia más activa, enérgica y unida, y una oposición más comprometida en el propio Congo.
Ucrania
El conflicto en el este de Ucrania se ha cobrado más de diez mil vidas y constituye una grave crisis humanitaria. Mientras persista, es poco probable que mejoren las relaciones entre Rusia y Occidente.
El Gobierno del presidente Petró Poroshenko no ha abordado la corrupción estructural que está en la raíz de muchos de los problemas del país. Muchos ucranianos están perdiendo la fe en las leyes, las instituciones y las clases dirigentes.
En este impasse diplomático, el hecho de que, en septiembre de 2017, Rusia hiciera circular un proyecto de resolución del Consejo de Seguridad de la ONU con la propuesta de tropas de paz para Ucrania fue una sorpresa. La aspiración sería crear las condiciones necesarias para celebrar elecciones locales y reintegrar las zonas en poder de los separatistas.
Venezuela
Venezuela volvió a empeorar en 2017, en la medida en que el Gobierno del presidente Nicolás Maduro siguió arruinando al país mientras reforzaba aún más su poder político. La oposición ha implosionado. Las posibilidades de restauración pacífica de la democracia parecen cada vez menores. Con la economía en caída libre, la crisis humanitaria se agravará en 2018.
A finales de noviembre, Venezuela declaró el impago de parte de su deuda internacional. El aumento de la ayuda rusa parecería no ser suficiente y China se muestra reacia a rescatar a Maduro.
Las manifestaciones callejeras y los enfrentamientos que dejaron más de 120 muertos en 2017 remitieron a la elección de una Asamblea Nacional Constituyente compuesta por aliados del Gobierno. Las elecciones a gobernadores y alcaldes produjeron grandes derrotas de la oposición. Pero la escasez de alimentos, el colapso del sistema de salud y el aumento de los crímenes violentos hacen que siga existiendo malestar.
Aunque los políticos de la oposición creen que las elecciones presidenciales, convocadas para el primer cuatrimestre de este año, son una oportunidad para la intervención extranjera, no parece probable que el Gobierno permita unos comicios limpios. Una posibilidad que no debería descartarse es que el partido gobernante se divida por quién va a suceder al presidente, el árbitro sería seguramente el Ejército. Mientras tanto, el debilitado Estado venezolano seguirá siendo el refugio ideal para redes criminales y para el blanqueo de dinero, el narcotráfico y el tráfico de personas, y la inquietud creciente de los países vecinos.
El autor es ex Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación.
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